Cuando era pequeño vivía en un pasaje llamado “el callejón del diablo” (ya se imaginarán por qué), mi mamá era lavandera; para ella yo era el patito feo de la familia, el delincuente, epiléptico y analfabeto. Mi papá era un alcohólico que golpeaba de mi mamá y a también a nosotros.

Mi vida de delincuente comenzó cuando iba al colegio, ahí comencé a robar los lápices, gomas, cuadernos, etcétera, siendo después adolescente en el pasaje nos “enseñaban” a robar; si lo hacíamos mal nos castigaban los mayores, debíamos ser “perfectos”. La verdad es que yo nunca quise ser delincuente, quería vivir una vida feliz, normal; pero no se pudo, por ejemplo días en que no había para comer y junto con mis hermanos, nos íbamos debajo de un puente a esperar que el camión de la basura tirara las bolsas, para nosotros después lanzarnos sobre ellas buscando comida; encontrábamos pollo, choclo y pan, cuando éste estaba verde nos hacíamos un rallador con unas latas de café y le sacábamos el moho y comíamos lo que quedaba del pan, cuando ya se acababa la comida y nos volvía el hambre, teníamos que robar nuevamente.

Ahora siendo ya un hombre adulto doy gracias a mi Dios por haberme librado de esa vida que llevaba, dice el Salmo 103:4El que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias”, ese verso de la Palabra de Dios se hizo realidad en mí. El día 25 de octubre de 1985 a las 3:10 de la madrugada ocurre un hecho que hará que mi vida dé un giro de 180 grados, unos delincuentes en forma de venganza matan a mi hermano menor en la esquina de mi pasaje, le dieron 4 puñaladas y murió de inmediato; desde ese momento lo único que movía mi vida era el odio por ese hombre que mató a mi hermano, era tanto el odio que yo pensaba “cuando lo vea le voy a enterrar el cortaplumas en los dos ojos y lo voy a amarrar y lo voy a tirar a la línea del tren”. Esperando que llegue ese día pasaron así 3 años en que mi familia me decía que lo mate, total como yo ya había estado en la cárcel para mí no sería nada grave volver a ese lugar; ya que estaba una semana por medio, además como era el “patito feo” de la familia, o sea el marginal no me pasaría nada.

Un día caí detenido por robo y tenía a dieciséis victimas que iban a atestiguar en mi contra, estando en una celda incomunicado rogando y prometiendo a la Virgen que si me sacaba yo le serviría, cuando en eso llega el que reparte el rancho o la comida y me dice: “Oye Chino, estás clamando mal, allá adentro predican de un Jesús que saca a los presos y lo único que tienes que hacer es arrodillarte y pedir perdón”. Ya, yo pedir perdón y más encima a ese Jesús, al que cuando estaba en mi pasaje yo le tiraba piedras a los hermanos que iban a predicar de su nombre; pero de repente vi que una luz entró en la celda y se posó en mi corazón y dije: “Bueno, que más puedo perder”.

Así fue como me arrodillé y puse el colchón lleno de piojos que allí había sobre mi cabeza y dije desde lo profundo de mi alma: “Señor, si es verdad que sacas a los presos de la cárcel, sácame a mí antes de 5 días y te sirvo” no dije nada más. JONÁS 2:2 “Invoqué a Jehová en mi angustia y el me oyó, desde el seno del Seol clamé y mi voz oíste”. Pasaron 3 días y estoy frente a la jueza y me dice: “Mira delincuente, no sé a que santo le rezaste; pero aquí dice que estas libre y que tienes tus papeles limpios, te puedes ir en libertad”.

Salí de la cárcel y tal como prometí me convertí al evangelio, pasados seis años de cristiano yo lo único que quería era hablar de Jesús, de lo que Él había hecho en mí; pero alguien me dijo que para hablar de Él, yo tenía que primero leer la Palabra de Dios.
Me entristecí porque yo no sabía leer, cuando buscaba una porción bíblica le pedía a un hermano que me lo leyera, lo molesté durante seis años y un día cambié mi oración: “Señor, ¿por qué no me enseña a leer?”, seguí orando de esa manera hasta que pasados tres meses por primera vez pude leer un versículo de la Biblia, 1ª Corintios 13:13: “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor”.

Comencé a gritar dentro de mi hogar y salí a la calle para que la gente me leyera el versículo si era verdad, cuando volví a casa y abrí la Biblia ¡no sabía leer de nuevo!; “Pero Señor, que pasó, ¿por qué no puedo leer otra vez?, yo quiero hablar de ti” y Jesús me decía: “¿Pero tienes amor? Y le contestaba: “Sí Señor, yo te diezmo, oro, doy ofrenda,…”él me respondía: “Eso no es amor, para que prediques la palabra que leíste debes tener AMOR, ve a la cárcel a predicar”, en eso le respondo: “No señor, yo salí de ahí, no quiero volver más” y la voz resuena de nuevo: “Ve a la cárcel”.

Pasaron algunos días y fui donde un hermano que juntaba cartones y le conté lo que me había pasado, me dijo que él me iba a acompañar y que nos juntemos el día miércoles a las dos de la tarde afuera de la cárcel de San Miguel, llegó ese día y entramos a la cárcel; mientras iba caminando por esos pasillos recordaba mi vida anterior y mis sufrimientos, de repente ví a un antiguo “amigo” al cual yo quería predicarle y me ve y se me acerca y me empieza a “allanar” o a revisar y yo le digo: “oye; pero si yo soy de Cristo” quería asegurarse que no tuviese algún arma 2ª Corintios 5:17De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”., y así lo hace por seis veces y me dice después: “¿No sabes quien esta aquí? es que aquí adentro está el hombre que mató a tu hermano” al oír eso escucho la voz del Señor Jesús que me dice “Perdónalo, porque a eso te he enviado”. Le digo a mi amigo que lo fuera a buscar, de ahí fui al gimnasio y veo a Rodolfo, el que mató a mi hermano, se ubicó al fondo de ese lugar; mientras todos esperaban que yo tomara represalias en contra de él, se hace un pasillo entre la gente y el venía caminando hacia mí con las manos atrás del cuerpo, al faltar diez metros muestra sus manos y me muestra su Biblia ¡se había convertido al evangelio! Corrimos a abrazarnos y juntos lloramos, él me decía que lo perdone y yo le respondí que lo perdonaba; porque Cristo me había perdonado a mí, mientras seguíamos abrazados una voz del cielo me dice: “Abre tus Ojos” al abrirlos, veo que de mí sale un “mono peludo” y Dios me habla y me dice: “Mira, Ahí va tu rencor”. Comprendí que el impedimento que tenia para aprender a leer, era el rencor que sentía por ese hombre.

Han pasado los años y hoy por misericordia de Dios soy Evangelista Carcelario, he pasado por varios procesos pero Dios ha estado conmigo dándome la victoria, visito las cárceles de Chile y el extranjero, llevando esta bendita Palabra de Salvación y Vida Eterna a hombres y a mujeres ahí encerrados, testificando con mi vida que Jesús perdona al pecador y que no hace acepción de personas.

Ruego a Dios que este testimonio bendiga tu vida y te haga acercarte más a Cristo, ese es mi deseo ya que soy un fiel testigo de que Jesús es real, a Dios sea toda la honra, la gloria y la suprema alabanza.

Amen.